Hay una lucha que no se ve, pero que sentimos cada día. Es silenciosa, pero ruidosa en el corazón. Es la batalla entre el deseo humano y la voluntad divina. La ambivalencia no siempre es confusión; muchas veces es la manifestación de un alma dividida: una parte anhelando el cielo, otra buscando saciarse en la tierra. Queremos amar bien, pero a veces volvemos a quien nos hiere. Queremos vivir en santidad, pero hay deseos en nosotros que rugen como tormentas. Queremos obedecer, pero la carne se resiste, se rebela, se justifica. Y no es que no amemos a Dios… es que también amamos otras cosas. Ahí es donde duele. Porque el ser humano es profundamente apasionado. Llevamos fuego dentro. Anhelamos intensidad, plenitud, satisfacción. Pero muchas veces confundimos lo eterno con lo inmediato, lo profundo con lo efímero. Y en ese cruce de caminos, terminamos frustrados. Sabemos lo que queremos, pero no cómo obtenerlo. Sabemos lo que debemos hacer, pero no siempre tenemos la fuerza para logra...
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